Opinión

El síndrome del misionero en el Tren Maya


Activistas y/o académicos que defienden y participan en el proyecto “Tren Maya” olvidan que ahora son autoridades y todo acercamiento parte desde una relación de poder. No ser consciente de ello y creer que automáticamente se está “del lado de las comunidades” por simple voluntad, es una ingenuidad que puede costar mucho


CARLA LUISA ESCOFFIÉ DUARTE | El proyecto “Tren Maya” en el sureste mexicano no cabe en discusiones acotadas. Su complejidad es el hábitat de distintos debates que no se dan en todos los puntos de la Península de Yucatán, o al menos no se dan con la misma intensidad. Sin embargo, existen algunas reflexiones ineludibles que se encuentran presentes en todas las latitudes de esta controversia. Uno de ellos es el de las relaciones de poder de quienes intervienen en las discusiones sobre el Tren Maya.

Las heridas del racismo, el clasismo y la xeonofobia en la Península de Yucatán son muy profundas y siguen abiertas. Si bien son fenómenos que han estado presentes en todo el país, la forma en la que se manifiestan en ese rincón son particulares. Las poblaciones mayas tienen una fuerte desconfianza hacia la gente no-maya que se acercan a sus territorios “por algo”. Ya sean autoridades, partidos, empresas, grupos religiosos e incluso organizaciones de derechos humanos.

Muchos de estos actores suelen pasar por el “síndrome del misionero”. Llegan para “acercarse a hablar con la gente” y regresan a sus hogares sintiendo que recibieron la hospitalidad y la confianza de la gente maya. Después de estas experiencias, pueden decir que “tienen calle”, que “han estado en territorio” y que por lo tanto tienen autoridad para decir qué es lo que ocurre “desde las bases”.

Ingenua ilusión. En mi experiencia trabajando para población maya he aprendido que las personas no-mayas nunca vamos a “entender” lo que ocurre en sus comunidades. Las personas con las que hablamos suelen reservarse información, estar atentas a lo que decimos y a veces incluso a escuchar lo que saben que queremos escuchar -ni somos los primeros en acercarnos, ni ellos son ingenuos-. Y en esto están en todo su derecho. ¿Cómo no desconfiar en la gente blanca no-indígena que les discrimina, que les acusa de ser “presuntos culpables” por caminar en barrios del norte de Mérida, que bajo el discurso del “desarrollo inmobiliario” romantizan el despojo de sus ejidos y territorios, entre muchos otros etcéteras?

No es que no puedan existir vínculos de confianza. Los hay. Pero incluso cuando esto ocurre y ciertos actores de la población llega realmente a verte como una persona aliada, existen situaciones históricas y estructurales de poder. Si creemos que por estar “del lado correcto” de las intenciones no podemos ejercer esas posiciones jerárquicas -así sea inconscientemente- terminaremos por reproducir exactamente lo mismo que criticamos.

Y esto es lo que siento que ocurre con varias personas que defienden y participan en el proyecto “Tren Maya”. Como han sido activistas y/o académicos, olvidan que ahora son autoridades. Cuando llegan a poblaciones con logos institucionales en vehículos y playeras, las personas mayas saben que tienen un poder que puede ser ejercido en cualquier sentido.

“¿Ustedes cómo ven el Tren Maya? ¿Sí están contentos con el proyecto?”. Normalmente un “sí” sería un sí. Pero en la Península de Yucatán existen varios tipos de “sí”. No todos, pero algunos de esos “sí” pueden ser aquellos que no se les niega nunca a las autoridades, sobre todo cuando llegan con proyectos de los que aún faltan detalles por conocer. A veces el “sí” es cautela, incluso un acto de protección.

No todos, no siempre. No hablo de todos los casos y, como dije, la realidad es muy compleja para un texto tan corto. Pero expongo esto para poner una reflexión: estamos en una administración en la cual muchas autoridades olvidan que lo son. Aunque cuenten con trayectorias loables y reconocibles en la academia y en el activismo, hoy son autoridades. Y todo acercamiento parte desde una relación de poder. No ser consciente de ello y creer que automáticamente se está “del lado de las comunidades” por simple voluntad, es una ingenuidad que puede costar mucho.

Como dije, las personas activistas tampoco estamos libres de ello. Pero en el caso de personas que poseen cargos públicos, esas relaciones de poder cuentan con el respaldo institucional del Estado. Creo que por eso en el marco del proyecto “Tren Maya” hay muchas buenas intenciones que están siendo autorreferenciales. Son invitados a comer relleno negro en una casa maya y creen que han pactado una alianza, cuando pudiera ser que recibieron una cortesía que se le da a quien se sabe no se debe de tener como enemigo. Animal Político

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